miércoles, 5 de octubre de 2016

¡Qué felicidad!


Siguiendo con la temática de "hoy en día cualquiera cree saber más que los profesionales", hoy toca hablar de las familias que se creen  más que nadie y que lo saben todo. Estos días tenemos las reuniones de clase en el centro y estamos viendo padres, madres, abuelos/as y guardianes en general de lo más curioso. Los hay de todos los tipos, pero los que más gracia me hacen son los hippies. Que parece que es una moda que se acabó en los setenta, pero no, todavía los hay. Algunos se disfrazan de rockeros, otros de punky, otros hasta de pijos, pero son hippies. Que no os engañen.

¿Y qué nos dicen las familias hippies? Bueno, pues esta en cuestión nos ha venido a decir que su hija tiene que venir a la escuela a ser feliz. Que no puede sentirse frustrada, que tiene que disfrutar cada hora, que la escuela tiene que fabricar niños felices. También nos ha dicho que esta es una mierda de escuela y que su hija destaca en la clase porque es de lo mejorcito que hay y el resto de los alumnos/as son una mierda, pero eso ya si tal lo dejo para otro momento, que de ese tipo tenemos varias y me sirven para hacer un post aparte. Volvamos al tema de la felicidad.

Sí, lo de que los niños tienen que ser felices en la escuela se ha puesto de moda gracias, entre otras cosas, a ese maestro cuyo nombre no quiero pronunciar que va de adalid de la infancia escribiendo libros sobre lo maravilloso que es él y lo bien que lo hace todo (pero ha salido del aula y se dedica a dar charlas y a escribir libros, no vaya a ser que alguien quiera ir a observarlo y le pille en un mal día, digo yo). Ahora resulta que llamarle la atención a un niño o a una niña u "obligarles" a hacer algo que no quieren es frustrarles, y la frustración (parece ser) es la cuna de la infelicidad. Ellos tienen que poder venir al colegio y hacer lo que les dé la santa gana, como hacen en casa, o más, y luego ya lo de aprender a pensar, aprender a aprender, los procesos de comprensión y todo eso, ya si tal, para otro rato. Esta familia en cuestión es de las que permite que la cría se quede en casa cuando a ella le apetece argumentando enfermedades fantasma que nunca trata un médico y viene cada dos por tres a hablar con la profesora sobre emociones, sentimientos y demás. Por suerte, la niña es lista y no se está resintiendo de tanta falta de asistencia, pero como os podéis imaginar sus queridos progenitores son lo más querido de la escuela. Sobre todo de la tutora.

Lo que yo me muero por decirle a este tipo de familia, y lo haría si tuviera más mano izquierda, es que LOS NIÑOS Y NIÑAS NO VIENEN A LA ESCUELA A SER FELICES, TIENEN QUE VENIR FELICES DE CASA. Más de una vez y más de dos nos ha venido un crío o cría a decirnos que no quiere ir a casa, que allí se aburre, o tiene que cuidar a sus hermanos, o tiene que aguantar broncas entre sus padres, o está solo/a y tiene que apañárselas como buenamente puede. Niños y niñas que no tienen ninguna estructura en casa (no hablo de familias monoparentales, divorciadas ni el largo etcétera a las que siempre culpamos de todo, sino de estructura, normas, una mínima disciplina) agradecen como agua de mayo que les des una coordenadas por las que moverse, unas reglas que se lean más como un manual de instrucciones que como un castigo. Hemos pasado de no poder movernos en clase, no poder hablar sin levantar la mano, no poder participar ni dar nuestra opinión, a que los profesores y profesoras tengan manos y pies atados porque en cuanto le llaman la atención a un niño o niña te viene la madre o el padre a protestar. "Mi hija ayer no fue feliz contigo". Créeme, yo ahora mismo tampoco lo soy. La vida es así, hemos nacido para sufrir (no).

El bienestar de los niños y niñas es primordial, fuera y dentro del aula. Todos los estudios demuestran que se aprende más a través de conexiones personales con los compañeros y compañeras y con el profesorado que con el libro de texto o métodos impersonales. Nunca un robot podrá sustituir el cariño que le pone un docente al explicar algo (y la mala leche tampoco, es verdad). Tenemos que buscar metodologías que fomenten la creatividad, la toma de decisiones, la autoevaluación y la autonomía, sí, pero todo dentro de un orden y una estructura. Una escuela es un reflejo en pequeño de la sociedad que nos rodea, y una de sus funciones es la de dar a nuestros niños y niñas unas normas dentro de las cuales moverse y funcionar. Ahí fuera hay leyes, y a veces no nos hacen felices, pero aprendemos a sortearlas y manejarnos dentro de ellas. ¿Más teatro, más música, más plástica? Sí, sí, sí. ¿Más proyectos, más trabajo en grupo, más tecnología? Sí, sí, sí. Pero dentro de un orden. La felicidad también se obtiene por haber conseguido un reto, por haber logrado mejorar y alcanzado un objetivo. Debemos ponernos de acuerdo, escuela y familias, para entender qué es lo que realmente hace feliz a nuestros niños y niñas, porque sin esa unión el trabajo de ambos es inútil. Y bastante ocupadas/os estamos ya para andarnos con tonterías.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Modas que vienen y van; como las olas, como los deberes


El curso nuevo ha empezado y todas nos hemos enterado (permitidme la rima tonta, no he podido resistirme), pero algunas hemos estado tan liadas que no hemos podido dar a este espacio la atención que merece y aquí me tenéis, a treinta de septiembre, diciéndoos que he vuelto a trabajar hace un mes y que ya necesito vacaciones (no me apedreéis, haced el favor). Como todos los años por estas fechas, un montón de expertos que nunca han pisado un aula ni han leído un libro de pedagogía andan removiendo las esquinas, que diría un vasco, con nuevas quejas y exigencias que a veces tienen sentido y otras muchas, no. Le tocó el turno a la educación emocional (todavía andamos a vueltas con ello, pero ya menos), a las inteligencias múltiples, a la educación centrada en el alumno/a. Este año los "expertos" en educación la han tomado con los deberes. Como si esto fuera nuevo y nadie hubiera pensado en ello antes, ahora lo "cool" es decir que los deberes no molan, que los deberes caca.

Será que yo soy muy vieja, o que fui a una escuela muy moderna, o que, quizás, esto de la educación sufre de modas, como todo lo demás, pero yo no tenía deberes cuando estudiaba EGB. Es cierto que fui a una escuela privada, una cooperativa de padres, para más señas (aunque yo no lo supe hasta que me tocó hacer las prácticas de magisterio en la escuela y empezaron a hablar de que "ahora que somos una escuela pública"... Yo, defensora a muerte de la educación pública, me voy a enterar de que soy hija de la privada a los 18), pero creo que mi escuela no era ni más ni menos pija o moderna que las que me rodeaban. Por aquel entonces, la moda era no mandar deberes a casa más allá de terminar lo que no nos daba tiempo a terminar en clase. Yo, que era muy currante, nunca llevaba nada a casa, y mi madre echaba pestes por la boca porque le parecía que estaba perdiendo el tiempo, que con las capacidades que yo tenía podía adelantar trabajo en casa. La andereño (léase "seño") dejó caer en una reunión con ellos que tenía ciertos problemas con las matemáticas, y todavía recuerdo el cuaderno tamaño DIN A4 que mi padre rellenó con multiplicaciones y divisiones (pesadillas tengo aún, os lo juro). Aparte de eso, mi madre me obligaba a contarle lo que había hecho en clase y repasar la tarea de sociales con ella, leía todos los días, veía programas infantiles en la tele (y no el Sálvame ni el Gran Hermano que la chiquillería ve hoy en día) y tenía como cuatro o cinco cuadernos llenos de cuentos, porque ya entonces me encantaba escribir. Mi hermano, cinco años menor que yo, ya trajo deberes a casa. ¿Qué cambió, la filosofía de la escuela? No: las familias pidieron deberes. Tenían la sensación de que perdíamos el tiempo, igual que mi madre.

Volvamos al presente. Víspera de un puente cualquiera, salen los niños y niñas del colegio. La madre recoge al churumbel en la puerta de la escuela y le pregunta qué tiene para hacer el fin de semana. "Solo nos han dado una hoja de ejercicios", contesta el chaval. "¿Solo eso para cuatro días? ¿Y qué vas a hacer todo el fin de semana?" Ganas me dieron de meterme por medio y decirle a la señora que lo sacara a jugar al parque, o fueran a un museo, o al parque de Salburua a ver los ciervos. La cosa es que no hay manera de acertar: a veces por poco, otras por demasiado.

Veinte años llevo yo en esto y he pasado de un extremo a otro. He sido de las de poner deberes hasta hartar, hasta que me di cuenta de que los deberes hay que corregirlos o si no, no valen para nada. Ningún padre se quejó cuando hacía esto, y menos aún mis alumnos y alumnas, pero ahora echo la vista atrás y me doy cuenta de lo bruta que era. Yo no me llevo trabajo a casa el fin de semana, a no ser que se llame trabajo a buscar alguna manualidad que hacer en Pinterest. ¿Por qué, entonces, no voy a dejar que disfruten de su tiempo libre las fierecillas? ¿De verdad es necesario hacerles repasar todos los días festivos? Hay estudios que prueban que la mente necesita un descanso para hacer conexiones; la gente tiene tendencia a resolver mejor un problema después de echar una cabezada, por ejemplo, y dicen que lo mejor cuando algo te obsesiona y no te sale es dejar de pensar en ello. Pero a nuestros alumnos y alumnas les mandamos sumas, restas, ejercicios de comprensión lectora, gramática inglesa... sin fijarnos siquiera en que, normalmente, quien hace bien los deberes es quien no necesita repaso, y aquel o aquella que los trae sin hacer o mal hechos no tiene ayuda en casa y no puede hacerlo solo/a. No necesita deberes, necesita una persona que le ayude.

Lo que no quita para que, de vez en cuando y con razones pedagógicas que me respaldan, mande alguna cosilla para hacer en casa. Las redacciones, por ejemplo, se hacen mejor en soledad. Después de trabajarlas en clase, de dar varios ejemplos, de hacer una juntos, es hora de que cada alumno/a trabaje en su casa con todo el tiempo del mundo y todos los apoyos a su disposición. "Llevaos el libro, usad diccionario, preguntad en casa, haced lo que podáis". Pero tomaos vuestro tiempo y no tengáis la presión del compañero/a listillo/a de clase que termina en cinco minutos y todo lo hace bien y te hace sentir gilipollas. O los ruidos, las distracciones, ese que prefiere jugar con las pinturas a hacer lo que le han mandado, la megafonía o los ruidos de la clase de al lado. A veces las cosas se hacen mejor en casa, sí. Y a veces los niños y niñas necesitan repasar. A veces viene bien trabajar un poco más, ya sea leyéndolo en el libro o yendo al museo de ciencias, porque en cinco horas al día que están en la escuela no podemos hacer milagros. Y a veces, sí, a veces, nos pasamos. Y otras nos dicen que nos quedamos cortos.

Conclusión: los deberes no son malos de por sí, y tampoco son buenos porque sí. Hay que buscar el término medio, conocer al alumnado y, quizás, individualizar la tarea. Pero las familias harían bien en no quitar autoridad a los maestros y, si los deberes suponen un problema, hablar con la escuela directamente y tener una charla la mar de educativa para ambas partes. De verdad os digo que tener hijos/as no os convierte en pedagogos, por más que, estoy segura, seáis padres/madres maravillosos/as. Y creedme: no hay cosa más tediosa que corregir deberes. Quien los manda lo hace convencido/a de que son por su bien. Nadie es tan masoca.

miércoles, 11 de mayo de 2016

A vueltas con la evaluación

Creo que ya lo he dicho antes en este blog: la evaluación de los conocimientos es mi talón de Aquiles. No sé hacerlo bien, no me fío de mi percepción de los alumnos, y siempre termino poniéndoles un examen escrito que, la mayoría de las veces, me evalúa a mí más que a mis alumnos y alumnas. Por no hablar de lo horroroso que supone corregir setenta exámenes a la vez, lo atrasada que me quedo siempre y lo inútil que es darles una nota del tema anterior cuando ya hemos dejado de hablar de ello. ¿Cómo repasas los puntos débiles que ves que no han quedado claros si ya estás a otra cosa? Un desastre, vamos.

Pero no sé hacerlo de otra manera. Necesito una herramienta que me sirva para juzgarles, por duro que suene eso. Siendo una asignatura de evaluación continua como es el inglés, quizás debería bastarme con corregir los libros de ejercicios (pero los hacen en grupo, con lo que no sé, en realidad, cuánto saben ellos), o hacer presentaciones orales (que las hacemos, sí, pero poco a poco), o juzgarles por lo que participan en clase (sí, muy bien, pero ¿y los que nunca levantan la mano?). En primer ciclo no hago exámenes escritos y me dejo llevar por las rutinas de clase. Tengo una idea muy clara de qué niños y niñas lo entienden todo y quienes no entienden absolutamente nada, pero luego hay una gama muy grande de niños y niñas que están en el medio. Quizás comprendan el lenguaje de todos los días pero no son capaces de producir, o puede que parezca que entiendan pero en realidad son muy buenos y buenas imitando a su vecino/a. En un segundo de primaria no voy a hacer exámenes escritos (algunos están aprendiendo a leer en tres lenguas a la vez, no voy a llegar yo a liarles con el inglés), pero sí es cierto que la mayoría de mis notas en primero y segundo están basadas en la actitud en clase. ¿Es eso bastante? Yo creo que no. Pero no sé evaluar.

Corrigiendo los exámenes esta mañana, me he dado cuenta de que mi fuerte es el lenguaje oral y la comprensión (ya sea oral o escrita). La gran mayoría de mis alumnos/as han hecho bien las actividades de listening y de comprensión lectora, pero han fallado cuando les ha llegado el turno de producir lenguaje propio. Como herramienta de evaluación de mi trabajo, me es muy útil, pero la verdad, como herramienta de evaluación de los peques, una porquería. Ya han aprendido a hacer exámenes. Si no tienes ni idea y hay preguntas de "true or false", contesta a todo "false" y alguna acertarás. Así ha sido toda la vida.

Meta para el curso que empezará en septiembre: mejorar mi sistema de evaluación. Anda que no me queda trabajo por hacer.

martes, 3 de mayo de 2016

Recursos. Guía para usar VOKI en el aula

Aquí os dejo una guía que acabo de subir a SlideShare para usar Voki en el aula de lenguas. Aunque yo lo he hecho con la intención de usarlo en inglés, la versatilidad de esta herramienta os puede venir bien para usarla en cualquiera de las lenguas cooficiales del estado.

Para poder descargaros la guía tenéis que tener cuenta de SlideShare. Creedme que os será útil, en esta página podéis encontrar cientos de recursos que os vendrán muy bien.

Disfrutadla.



jueves, 24 de marzo de 2016

Ganchillo en la clase de inglés. ¿En serio?

                                                                                        

El otro día les dije a los alumnos y alumnas de quinto que había una voluntaria que quería darnos clase de punto y ganchillo en inglés. Yo le dije que sí inmediatamente, porque me encanta este hobby, pero pensé que sería buena idea preguntarle a la clase, no fuera a ser que me mandaran a tomar vientos. Como soy muy tramposa, les enseñé fotos de animales hechos a ganchillo, llaveros, fundas de móvil, mil cosas que no tenían nada que ver con el típico tapete de ganchillo y que no van a ser capaces de hacer en un par de clases, pero eso ellos y ellas no lo saben. Tanto los chicos como las chicas me dieron un sí rotundo a la idea y el trimestre que viene empezamos con los talleres.

En quinto hay una niña que acaba de llegar de Costa de Marfil pasando por Francia. Su escolarización ha sido pésima y no sabe leer en ningún idioma, mucho menos hablar castellano o euskera, pero su actitud hacia la escuela es estupenda e intenta participar en todo lo que puede, y ya va aprendiendo los dos idiomas a una velocidad que ya me gustaría a mí tener con el alemán. Cuando les enseñé las fotos en la pizarra digital, se le encendió la cara, pero no me dijo nada. Al día siguiente me trajo los trabajos que veis en la foto, perfectos círculos de ganchillo, más unas agujas de punto en las que se está haciendo un bolso pequeño. Toda la clase admiró su trabajo y se preguntó si ellos serían capaces de hacer algo así. Ella tenía una sonrisa en la boca que no se le quitó en toda la mañana. Los niños empezaron a traerme cosas hechas en punto (una funda de móvil de los Minions, una pequeña bolsita que ha empezado a hacer una cría, un llavero...). Todos están emocionados con la tarea.

No lo hice a propósito, no tenía ni idea de que les fuera a gustar, y sobre todo no sabía que la niña en cuestión fuera ya una experta en el tema. Pero me sirvió para recordar lo que siempre decimos, que cuando hay una conexión con lo que se aprende, el aprendizaje va mucho más rápido. El objetivo de las clases de punto y ganchillo no va a ser hacerse un bolso o un chaleco, sino utilizar el idioma de forma comunicativa en lugar de pasarnos la hora haciendo ejercicios de frases comparativas. Pero no está de más que les guste el medio de aprendizaje, y no está de más que, para variar, la niña nueva esté en el grupo de los avanzados o pueda servir de ayuda a la profesora para ayudar a sus compañeros. El resto de las horas seguro que las olvida, pero dudo que olvide cómo se sintió en clase cuando la protagonista fue ella.

lunes, 21 de marzo de 2016

Evaluar: cómo, cuándo y por qué

Que la evaluación es parte del proceso educativo está más que claro. Dudo que haya algún docente, director/a o ministro/a de educación, aquí o en cualquier otro país, que defienda la idea de dejar la evaluación de lado y dar clase sin importar los resultados. El problema llega cuando nos planteamos la evaluación como un juicio o una forma de comparar a nuestros alumnos y alumnas, o cuando utilizamos exámenes escritos de dudosa valía para poner notas que, aunque en la mayoría de los casos (en primaria) no van a tener ninguna repercusión administrativa, sí van a afectar a la autoestima e incluso el rendimiento del objeto de evaluación, o sea, el niño o niña.

Con la última reforma educativa (me estoy refiriendo a la LOE, no la LOMCE), se introdujo en educación el concepto de "competencias". Ya no importa tanto el aprendizaje memorístico, sino que lo que nos es realmente válido es el proceso por el que el alumno o alumna llega al aprendizaje. Hablamos, por ejemplo, de la competencia lingüística, que es fundamental para comprender un texto o ser capaz de expresarse y que afecta a más áreas aparte de las lenguas (conocimiento del medio, por ejemplo); la competencia digital, que es aplicable a todas las asignaturas, y no tiene sentido medirla o evaluarla con un examen tipo test; la competencia matemática, que se desarrolla sobre todo en el área de matemáticas pero va más allá. Ahora ya no es cuestión de aprenderse la lección, sino de "saber hacer". ¿Por qué, entonces, seguimos poniéndoles papel y lápiz delante y pidiéndoles que rellenen un examen de respuestas múltiples? ¿No sería mucho más eficaz darles un problema (una especie de gincana académica) y ver cómo lo resuelven? ¿Por qué seguimos trabajando por áreas cuando sabemos que todo el conocimiento está unificado? (Sé que esto último no está ni estará nunca en manos del profesorado de la pública, pero es una reflexión que me llevo haciendo desde hace tiempo.)

Hace dos semanas tuve el placer de asistir a una sesión sobre evaluación que organizó el Berritzegune de Vitoria con Neus Figueras, una experta en el tema. Algunas de las cosas que dijo son cosas que todos conocemos, como que la clase de inglés tiene que tener un enfoque comunicativo, y por tanto su evaluación también; pero cuando llegó el momento de hablar de cómo evaluar, por ejemplo, el lenguaje oral, muchas bajamos la vista. Nos puso como ejemplo algo que yo he hecho este año, y me ha servido poco menos que para nada: se le da un dibujo o una foto al alumno/a y se le pide que lo describa. Supuestamente, la foto o dibujo en cuestión es idónea para evaluar el lenguaje que hemos trabajado en clase. Yo lo hice con "there are / there is": There are two men painting; there is a girl reading;... Neus nos lo dijo claramente: esto no es lenguaje comunicativo. No está transmitiendo una información al oyente (¿hay oyente?, porque no sé hasta qué punto el profesor es oyente, es solo evaluador), no se está usando todo el lenguaje que saben, no hay objetivo más allá de aprobar. Cuánto mejor sería crear un teatro, o un juego de rol, o una presentación, que es lo que he hecho este último trimestre y me ha dado resultados fantásticos.

Es fácil encontrar en la red ejemplos de escuelas que han dejado de lado los exámenes y han comenzado a evaluar a sus alumnos y alumnas de otras formas, ya sea por proyectos o por trabajos en grupos. Los que han llevado a cabo estos "experimentos" defienden que los resultados académicos no solo se han mantenido, sino que en muchos casos han mejorado comparados a los que se daban con los exámenes tradicionales. ¿Por qué, entonces, no lo hacemos todos y todas? ¿Por qué seguimos haciéndoles estudiar para el examen, por qué tienen que prepararse la lección? La respuesta es sencilla: porque es muy fácil. El libro de texto trae consigo los exámenes, solo tenemos que fotocopiarlos y seguir la guía para corregirlos. No hay que pensar, no hay que preparar nada nuevo. Pero a veces esos exámenes no están bien planteados, o no sirven para nuestra clase. Debemos modelarlos a nuestras necesidades, a nuestra metodología. Hablo del área de inglés porque es mi mundo, pero la verdad es que esta reflexión vale para cualquier otra área. En lugar de hacer un examen de historia, ¿no sería mejor hacer un power point sobre todo lo aprendido? ¿Cuántas competencias estaríamos trabajando de esa forma? En la era en la que todo el conocimiento está a un clic, ¿de qué sirve aprenderse la lista de los reyes godos?

Muchas vueltas que dar, mucho que reflexionar. La escuela avanza lentamente, pero avanza; espero que las nuevas generaciones vengan con ganas de remover conciencias y cambiar modas que ya no tienen sentido. Tiempo al tiempo.

lunes, 22 de febrero de 2016

Nuevos retos


En septiembre de este año hará veinte años que terminé la carrera de magisterio. Teniendo en cuenta que me puse a trabajar inmediatamente, eso significa que llevo la friolera de dos décadas dando clase, aparte de los pinitos que hice en clases particulares o en mis (desastrosos) intentos de ser profesora de cerámica. En toda mi vida laboral no he hecho otra cosa que dar clase; he trabajado en dos países distintos, en tres idiomas diferentes, en todos los cursos de primaria e infantil, en una veintena larga de escuelas, y he dado todas las asignaturas menos música (aunque me ha tocado preparar festivales y más de una canción y un baile he enseñado). Cuando empecé en esto, como buena veinteañera que era, creía saberlo todo. Los profesores veteranos me parecían momias, toda la que diera clase sentada me parecía una carcamal, y creía tener en mis manos la receta para motivar a los niños y niñas en cualquier asignatura y en cualquier ocasión. Me costó unos cuantos años darme cuenta de lo mucho que me quedaba por aprender, y hoy miro hacia atrás con cierta congoja y pido perdón mentalmente a mis primeros alumnos y alumnas, porque me doy cuenta de que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo (solo espero no haber hecho ningún mal irreparable). Veinte años más tarde sigo aprendiendo, sorprendida de que el camino parezca ahora tan largo como me pareció al principio. Tengo la sensación de que cada vez hay más aspectos que se me escapan, que el mundo cambia y yo no estoy al día de esos cambios. Y sé que no es sólo una sensación, sino una verdad como un castillo. El mundo ahora y el mundo hace veinte años no tienen nada que ver.

Para empezar, el alumnado es completamente diferente. Mis primeros dos años los pasé en colegios que hoy en día podrían calificarse de privilegiados, pero que entonces eran la norma. No había ni un solo alumno o alumna extranjero, y el noventa por ciento de la clase venía de familias estructuradas. Aunque eran escuelas bilingües en euskera y castellano, el idioma no suponía ningún problema porque todos y todas tenían el castellano como lengua materna y la gran mayoría llevaban inmersos en el nuevo idioma desde los tres años, e incluso los alumnos y alumnas que llegaban a mitad de curso –todos castellano-parlantes– no tardaban en hacerse con el euskera (eran muy pocos y había recursos de sobra para atenderlos). Hoy en día, en un colegio público normal, las clases son poco menos que una ONU en pequeño. El alumnado es diverso, con todo lo que esa palabra significa. Vienen de países distintos, sus lenguas maternas son distintas, sus familias no son las más estructuradas del mundo, y algunos y algunas han visto cosas que ninguna criatura de diez años debería haber visto. No hay homogeneidad, y aunque la heterogeneidad muchas veces supone riqueza, también es cierto que implica dificultad. 

Partiendo de esta base, no nos sorprende encontrarnos con carencias afectivas. La niña cuyos padres están en proceso de divorcio y la usan como moneda de cambio y amenaza no va a portarse igual que el niño que tiene una familia estructurada, ya sea monoparental o no. No hace falta tener padre, madre, hermano, hermana y perro para ser estables, pero sí hace falta poner al niño o la niña en primer plano en todo momento. Sus necesidades son primordiales, nuestros odios y pasiones tienen que esperar. ¿Debe la escuela encargarse de cubrir estas necesidades? Yo creo que sí. No me parece bien que hayamos tenido que llegar hasta este punto, no me parece bien que quede en manos de la escuela encargarnos de la estabilidad mental de una criatura, pero si sus guardianes legales o su familia cercana no son capaces de hacerlo, ¿qué pasará con esa niña o niño si la escuela no toma parte en su formación como persona? 

Lo que me lleva al último punto: la función de la escuela. Si le preguntamos a una persona mayor (mayor que yo, quiero decir, ejem) cuál es la función de la escuela, seguramente nos diga que impartir conocimientos, o enseñar a memorizar. Si le preguntamos a un padre o madre, quizás la respuesta sea distinta. Puede que vaya desde inculcar valores a enseñarles a ser funcionales en la sociedad, y algunas familias, si fueran realmente sinceras, nos dirían que la escuela es el sitio donde se deja a los niños/as mientras los padres y madres van a trabajar. La familia va delegando, y al final la escuela se encuentra con un buen paquete de pequeños grandes aspectos de los que encargarse. 

Hay mucho, mucho trabajo por delante, que tiene que venir de mano de todos y todas si queremos que el sistema educativo funcione. La sociedad siempre avanza más rápido que la escuela, que se está quedando como una antigualla comparado con los avances que se dan ahí fuera. Vamos a paso de tortuga cuando quizás deberíamos ir a zancadas, pero ni aún así llegaríamos a todo. La escuela no puede funcionar como un ente independiente. La sociedad entera debe entender mejor qué se hace y cómo para poder ayudar a los que estamos en faena. 

¿Qué más retos se te ocurren? ¿Qué objetivos te has puesto para este año en tu carrera profesional? ¿En qué aspectos te gustaría recibir más ayuda de la que recibes? Déjame un comentario con tus dudas, a ver si entre todos y todas podemos llegar a alguna conclusión. 

miércoles, 17 de febrero de 2016

La frustración en el aula: ¿cómo de saludable es evitarla?

                                  

El otro día tuvimos una conversación muy interesante en el colegio, en uno de esos extraños momentos en los que las horas de formación nos dieron la oportunidad de expresar nuestras ideas y dudas (qué poco lo hacemos y qué importante es). Salió el tema de la frustración, y se nos dijo que, según las nuevas metodologías, se debía evitar a toda costa. Teníamos que conseguir que los niños y niñas no se frustraran. Ni yo ni alguna de mis compañeras estábamos completamente de acuerdo con eso. Para mí, la frustración es un estadio normal en el proceso del aprendizaje, y a lo que debemos ayudar en el aula es a lidiar con esa frustración y a no dejar que sea el motivo por el cual el niño o la niña no aprende, no a evitarla del todo. Es tan equivocado como evitar el error; si no sabemos qué no funciona, ¿cómo vamos a encontrar lo que sí?

Leído lo anterior, parece que soy un monstruo y a mí lo que me va es torturar a mis alumnos y alumnas. Permitid que me explique. Para mí, la frustración puede ser de dos tipos, y uno de esos tipos sí que deberíamos evitarlo a toda costa. Cada vez está más demostrado que el aprendizaje está directamente relacionado con las emociones, y que es imposible aprender algo que no cumpla uno de estos tres requisitos: debe ser interesante, útil, o divertido. El o la docente pueden hacer que la materia que presentamos en clase cumpla uno o todos los requisitos, y creo que es su labor si queremos que el resultado sea un aprendizaje permanente y no una mera memorización. Ésta es la mejor manera de evitar la frustración que provoca tener un profesor o profesora de los que comúnmente llamamos "malos": esos que sueltan su lección independientemente del interés de la clase, que lleva poniendo el mismo examen tres lustros, que no ha cambiado su programación desde que le dieron el puesto allá por el pleistoceno. Para despertar el interés del alumnado, lo primero que debemos hacer es conocer sus intereses y sus gustos, y a partir de ahí diseñar las clases pensando en ellos y ellas. Creo que de esa manera conseguiremos evitar la frustración en lo que al profesorado se refiere, esa que a más de uno y de una nos hizo decir aquello de "a mí me gustaban las matemáticas, pero tenía un profesor tan malo que les cogí manía y terminé licenciándome en historia".

Después está la frustración individual, la del niño o niña al que "no le sale". Intenta un ejercicio nuevo, una actividad distinta y fracasa. El fracaso, el error, es parte del aprendizaje, lo importante es saber sobreponerse a él. Cuando un crío o una cría se atasca en su nivel oral de inglés, por ejemplo, puede surgir la frustración; puede que la criatura se niegue a hablar en clase porque le da vergüenza hacerlo mal, o puede que se esfuerce aún más porque está en su forma de ser superar los obstáculos. Lo que el profesorado debe intentar es que ese niño o niña tenga en sus manos las herramientas para hacer frente a la frustración. Debemos darle un entorno seguro, donde vea que el error es una parte normal del proceso, y debemos apoyar su autoestima para que esa frustración no consiga bloquearlo. Un niño o niña con la autoestima alta se enfrentará a su frustración de forma positiva. En el primer momento puede que se bloquee, que no sepa por dónde salir, pero después sabrá analizar dónde se ha confundido, qué ha hecho mal (y dónde han acertado), y volverá a intentarlo porque sabrá que ya sólo pueden mejorar. Ahora está muy de moda la teoría del "boli verde", como yo lo llamo, donde solo se señala lo que se ha hecho bien en lugar de mostrar el error. No digo yo que sea mala idea, pero ¿qué hay de esos niños que nunca lo hacen bien? ¿Les dejamos que sigan haciéndolo mal por no frustrarles o corregimos su error de forma positiva para que puedan evitarlo la próxima vez? ¿Aplaudimos a un niño de sexto porque ha hecho bien la tabla del dos, cuando él ve perfectamente que sus compañeros hace años que se las aprendieron todas? ¿O le dejamos claro que está por detrás, que necesita ayuda, y que en el colegio le vamos a apoyar en todo lo que haga y le vamos a ayudar al límite de nuestras posibilidades, a la vez que le animamos en el largo camino que tiene por delante? Un niño o una niña que tiene problemas de aprendizaje lo sabe, es consciente de sus limitaciones, y dependiendo de la respuesta que le demos lo superará o no. Ya no vale aquella costumbre de poner orejas de burro a quien no se sabía la lección, pero tampoco vale el "muy bien, chiquitín, ya has aprendido a hacer la O con un canuto". A los niños y niñas les gusta que les reten, que les inciten a mejorar. La frustración es parte de eso.

¿Estáis de acuerdo? ¿Os ha pasado alguna experiencia en la que os hayáis sentido bloqueados/as y no hayáis conseguido darle la vuelta? ¿Cómo evitáis vosotras y vosotros que vuestro alumnado se bloquee ante una situación de frustración? ¿Tenéis algún ejemplo de cómo lo habéis superado? Dejadme un comentario con vuestra experiencia, a ver si conseguimos el diálogo que a veces falta en el aula.

lunes, 15 de febrero de 2016

Planes para tardes lluviosas o esos días en los que no se puede hacer nada

No sé vosotras/os, pero yo soy de esas personas a las que el tiempo que hace fuera le afecta enormemente. Cuando hace sol y calor soy alguien muy distinto a mi yo invernal, con lluvia y frío al otro lado de la ventana, no digamos ya si tengo que pasar mucho tiempo en la calle. A nuestros alumnos y alumnas el tiempo les afecta igual. No digo que a todos les afecte de la misma manera, y  no digo que la lluvia les aplatane, precisamente; pero hay días en los que, no sé si por el tiempo, porque es lunes, viernes o víspera de festivo, la clase no funciona igual que un día "normal" (lo que quiera que eso signifique). Nosotras/os intentamos poner orden, hacer que trabajen, despertarles de su letargo (o calmarles, dependiendo del caso), y al final cedemos ante la evidencia de que no hay manera, hoy no vamos a trabajar como ayer y no le vamos a sacar provecho a la lección. ¿O sí? A veces no hace falta más que cambiar nuestro punto de vista y la clase que parecía que iba a ser un desastre se convierte en todo un éxito. Y lo mejor: los críos y las crías se quedan con la sensación de haber tenido un día "casi de fiesta", cuando en realidad han currado más que cualquier otro día.

No hay recetas mágicas, y lo que funciona un día puede que al siguiente no funcione, pero aquí os dejo alguna sugerencia de actividades que a mí me han venido bien en más de una ocasión. Dependerá de vuestros/as alumnos/as, pero alguna os funcionará seguro. La mayoría están dirigidas a la clase de inglés, pero con un poco de imaginación las podéis adaptar a muchas otras áreas.

  • Organiza juegos: Si están muy ruidosos, puede que ésta sea la mejor manera de enfocar su energía. Dependiendo del nivel puedes jugar al ahorcado con el vocabulario que habéis trabajado, o al bingo (esto funciona de maravilla con los más pequeños, y genial para repasar los números). Si tienen algo de nivel y dispones de un "Quién es Quién", se pasarán las horas muertas describiendo a sus personajes. Si no tienes el juego, haz tarjetas con nombres de famosos que toda la clase conozca y haz que los críos los describan. Éxito asegurado. 
  • Cambia los grupos: Cuando están muy dormidos, lo mejor es dejar que hagan las actividades en grupos. Aunque sea un ejercicio del libro, deja que lo hagan juntos. Si es un texto de comprensión, por ejemplo, haz que lo lean individualmente y hagan preguntas en grupo para preguntar a los demás. Si, al contrario, ves que trabajando en grupo no se concentran, ponlos en pareja o sepáralos individualmente. No soy muy partidaria del trabajo individual, pero a veces hace falta. 
  • Inventa un cuestionario: O, mejor, que lo inventen ellos. Cada grupo (no más de cuatro) tiene que crear un cuestionario de respuesta múltiple (el mal llamado "tipo test") sobre cualquier tema que dominen. Aquí puedes dejar que se junten los amiguetes, o aquellos que tengan gustos afines. También pueden hacerlo sobre una persona de la clase, o sobre ti (yo me reí mucho cuando me lo hicieron, ¡qué bien me conocen!). 
  • Lee un cuento a los más pequeños: En infantil no falla, los cuentos amansan a las fieras. Yo diría que funciona hasta el primer ciclo de primaria. Eso sí, si el libro les interesa no pretendas que lo escuchen en silencio, porque querrán participar. Genial. Al menos están concentrados en algo. 
  • Dales algún pasatiempo: Pero que sea complicadillo, para que se concentren (eso sí, déjalos trabajar en grupo). Si tienes un ordenador en clase conectado a una impresora y a Internet, te será muy fácil encontrar sopas de letra o crucigramas de su nivel. Para matemáticas siempre vienen bien las hojas de colorear en las que hay que hacer una operación para averiguar el color. En inglés hay cientos de recursos, y en castellano imagino que también. 
  • Como último recurso, ponles una película: Mejor aún, busca un tutorial en Youtube sobre cómo hacer una manualidad sencilla (éste y éste están muy bien) y anímalos a que la lleven a cabo si tienes los materiales necesarios. Si te decides por una película, puede ser educacional o no, pero sobre todo debe ser de su interés. No les pongas un vídeo sobre la mitosis celular o será peor el remedio que la enfermedad.
Cuando nuestros/as alumnos/as no se concentran, tenemos la costumbre de ponerles a hacer plástica, o pedirles que hagan un dibujo (yo soy la primera, no escarmiento), pero quizás sea esto lo peor que podamos hacer. A no ser que el trabajo de plástica exija concentración o el que dibuja se tome muy en serio la tarea, la plástica es una de las peores áreas que enseñar cuando están demasiado excitados (aunque, si lo que quieres es despertarles, funciona genial). Seguir las instrucciones en un vídeo puede funcionar, así que si tienes pantalla digital no lo dudes. Eso sí, no esperes que haya silencio en clase: las manualidades son el momento de socializar por excelencia. 

Espero haberte ayudado. Si se te ocurre alguna cosa más, déjame un comentario o ponte en contacto conmigo; estaré encantada de actualizar la entrada. 

martes, 17 de noviembre de 2015

Adaptabilidad

Si hay una palabra con la que un profesor o profesora se tiene que definir es la adaptabilidad. Con adaptabilidad me refiero a la habilidad de ajustar nuestra metodología, nuestros contenidos e incluso nuestro humor en un momento determinado a lo que nos marquen las circunstancias. No es lo mismo dar clase un lunes por la mañana que la tarde de un viernes, o un día de nieve, o un caluroso día de verano, por decir lo más obvio. A nuestros alumnos y alumnas les afecta todo, desde lo que han desayunado esa mañana hasta el tiempo que se ve al otro lado de la ventana. Y nosotras y nosotros también somos de carne y hueso, con nuestro humor y nuestros buenos y malos días. Por no hablar de las circunstancias externas que se puedan dar en un colegio, como un cambio de hora repentino, una sustitución, falta de tiempo para preparar material, cambio de clase, obras, un día especialmente ruidoso en el aula de al lado... Hay mil circunstancias por las que nuestro plan puede verse amenazado.

Partiendo de la base de que en el profesorado hay todo tipo de personas y que todos y todas aprendemos a nuestro ritmo, yo creo que la adaptabilidad es una cualidad que se adquiere con los años. Cuanto empezamos a trabajar en el aula nos gusta llevar todo bien planeado, bien apuntado, sin margen a la improvisación. Si tenemos planeado explicar el presente continuo del inglés, consideramos una clase fracasada aquella en la que entra la jefa de estudios a dar un mensaje y nos interrumpe la clase, o esa frustrante mañana en la que los niños y niñas están más emocionados por la excursión del día siguiente que por nuestra clase. Con el tiempo se aprende a escapar de la dictadura del plan y modelar la hora a nuestras necesidades. En lugar de tenerlos veinte minutos escuchándote para que luego hagan los ejercicios, explica lo básico en cinco y ponlos a trabajar en grupos en un texto sencillo, o creando una conversación. A veces los cambios de planes dan resultados maravillosos, y lo que parecía un parche para un momento de tensión se convierte en una lección que apuntas para repetir en otro momento. Así se va haciendo un equipaje de ideas, de técnicas, de metodologías que podrás usar cuando las necesites. Hay profesoras que lo hacen casi de forma instintiva y tienen una cualidad especial para saber qué necesita su grupo en todo momento desde el primer día que entran en clase; otros y otras dependemos de esa maleta que hemos ido formando con los años, pero tarde o temprano todos llegamos a esa adaptabilidad que tan importante se nos hace en clase.

Para los y las que acabáis de empezar en esto de la educación y no tuvisteis un buen modelo en vuestras prácticas de grado, he aquí una serie de ideas para el aula de inglés de las que podéis echar mano cuando sintáis que la clase se os escapa de las manos. Como siempre, dependerá de vuestras necesidades y de las de los niños y niñas.

  • A veces una sustitución, una enfermedad, una visita al médico, etc. se come nuestras horas libres y nos es imposible preparar la clase que nos toca como nos gustaría. Piensa que no todo es gramática en el aula de inglés, y una clase de plástica te puede servir muy bien para trabajar el vocabulario que estás dando en clase, o introducir algo nuevo. Díctales un monstruo ("it's got two heads, five eyes and three hands"), pídeles que hagan un cartel sobre el tema que estáis dando, o que hagan fichas de vocabulario. Esto también puede servir para los días en los que están muy inquietos e inquietas y no hay manera de hacerles prestar atención. 
  • Ten siempre a mano una ficha fácil que puedan hacer ellos y ellas solas o en grupo. Colorear por números, unir el color con el nombre, una ficha de vocabulario, una sopa de letras... Si tienes ordenador en el aula, hoy en día hay cientos de páginas que ya tienen todo este tipo de ejercicios; tómate cinco minutos para encontrar una, imprímela y manda a un niño o niña a buscar las fotocopias. Perfecto para los grupos apáticos de los que pareces no sacar nada. 
  • Con los pequeños, hay días en los que no hay manera de contar el cuento. Ponles a bailar. Haz rimas, canciones, juegos, que se muevan. Es imposible dar una clase magistral con un grupo que no puede estarse quieto y atendiendo: ni lo intentes. 
  • Si tienes la posibilidad de poner películas en clase, aprovecha. No abuses de este recurso o los niños y niñas se van a pensar que la clase de inglés es un choteo, pero es perfecto para un viernes por la tarde en el que los peques ya no dan más de sí. 
  • Si están muy parlanchines, aprovecha. Pídeles que creen un diálogo, una historia que contar a la clase. Pueden incluso dramatizar un libro sencillo que ya conozcan. Prepárate para que haya ruido, esta no es una actividad silenciosa. 
Éstas son solo un puñado de ideas, pero estoy convencida de que solo con leerlas ya se te han ocurrido un montón más. Flexibilidad, adaptabilidad, el don de aprovechar las virtudes de tus alumnos y alumnas y sortear las dificultades que se te vayan planteando, son características que cualquier profesional de la educación debe tener. Luego ya hablaremos del currículum, de la LOMCE y todo lo que venga detrás, pero ante todo, los niños y niñas. Y tu salud mental, que también es importante. 

martes, 22 de septiembre de 2015

Ventajas de los "epals", "penpals", etc, y cómo aprovecharlas en el aula



Hoy no vengo a descubriros nada nuevo, por mucho palabrerío en inglés que use o términos mordernos que nos quieran vender. Los "epals", los "pen pals" o los amigos por carta de toda la vida son tan viejos como la Super Pop, donde al final de la revista te venía una sección de "contactos" que poco tenía que ver con la de los periódicos y sus fotos guarrillas; allí encontrabas adolescentes de todas las edades buscando cartearse con gente de su misma edad para crear amistades fuera de su ciudad. La gente exponía su nombre, apellido y dirección postal sin apuros y esperaba que un alma caritativa se animara a escribir una carta a un perfecto desconocido o desconocida con la ilusión de hacer amigos. He de confesar que yo siempre leía esta sección y más de una vez escribí una carta, pero al final me achanté y nunca las mandé. Hoy, con la llegada de los emails y los mensajes al móvil, estas secciones ya no existen. Que levanten la mano los/las afortunados/as que reciben una carta manuscrita en el buzón fuera de las fiestas navideñas. Qué ariscos nos hemos vuelto.

Lo que no significa que los pen pals hayan muerto. Las nuevas tecnologías han conseguido que ciertas puertas se vuelvan obsoletas, pero han creado inmensos portones con los que comunicarnos con otros lugares del mundo. Internet nos da la oportunidad de ir un paso más allá en el uso de los amigos por carta como recurso en clase, y ya no tenemos por qué limitarnos a escribir porque podemos mandar fotos, vídeos y enlaces de sonido. Pero, ¿merece la pena meterse en el berenjenal que supone contactar con otra clase y mantener el contacto durante todo un año? Yo lo he hecho tres cursos seguidos, y la respuesta es un rotundo SÍ. Las ventajas de escribirse con otra escuela son numerosas, y las horas que empleemos en llevar a cabo este programa serán horas (de clase, de preparación) muy bien empleadas. Y no soy yo la única que opina así. Para escribir este post he echado un vistazo en la web por si alguien lo había escrito antes y mejor que yo y, por supuesto, lo he encontrado. Jose A. Alcalde López ha compartido este documento en SlideShare que explica muy bien por qué y cómo se pueden usar los pen pals en la escuela. Yo, con vuestro permiso, voy a dar también mi opinión.

  • Las lenguas se deben aprender en un contexto comunicativo. Presentarse ante tus compañeros de clase en quinto de primaria cuando llevas con ellos y ellas desde los dos años es ridículo, por mucho que la actividad del libro lo pida. Si esa actividad se la mandamos a alguien que no nos conoce, nos estamos presentando de verdad, estamos tratando de enviar un mensaje. Ese debe ser el objetivo de cualquier tarea escrita. 
  • Escribir para alguien que no sea la profesora de inglés motiva. Si yo sé que mi carta la va a leer alguien que de verdad está deseando recibir noticias mías, me voy a esmerar más en hacerlo lo mejor posible. Si, además, esa persona es nativa en el idioma en el que me estoy comunicando, más todavía. 
  • No todos nuestros alumnos y alumnas van a tener la oportunidad de conocer hablantes nativos de inglés. Los viajes al extranjero son un lujo para según qué familias, ya ni hablamos de cursos de idiomas en Inglaterra o Estados Unidos. Así igualamos el campo de juego, dando las mismas posibilidades a todos y a todas. 
  • Comunicándonos con otros y otras en la lengua extranjera nos damos cuenta del valor que ésta tiene. Es lo que tenemos en común, lo que nos une, con lo que nos comunicamos. 
No solo nos comunicamos escribiendo. Internet permite mandar fotos, vídeos, archivos de sonido. Portales como Youtube o Vimeo son formas estupendas de poder intercambiar archivos que no cabrían en un email, y además podemos usarlos para más cosas (una presentación en el blog de aula, un mensaje navideño a las familias...). Siempre con cuidado y teniendo en cuenta que tratamos con menores, por supuesto. He aquí una breve lista de cosas a tener en cuenta cuando nos comunicamos con otra clase:
  • No permitas que intercambien datos personales, más allá del nombre y la edad. Yo controlo todos sus mensajes y los mandan a partir de mi cuenta. Un año organicé con la otra profesora una carpeta en Dropbox donde iba metiendo todas las cartas que los niños y niñas escribían. Ellos y ellas en ningún momento tuvieron la dirección de correo de los miembros de la otra clase y nosotras controlamos todo el contenido de las cartas. No se trata de corregir el lenguaje o censurar ideas, sino de asegurarte que no están compartiendo nada que pueda poner en peligro su identidad. 
  • Asegúrate de tener el permiso de las familias para mandar imágenes. No tienen por qué salir del entorno educativo y no tienen por qué ser expuestas en ningún medio. Youtube tiene un modo oculto que es muy práctico para "esconder" vídeos. Puedes invitar a quien sea por medio de email, pero nadie que no tenga tu invitación puede acceder al vídeo. 
  • Pide a la otra profesora que respete la intimidad de tus alumnos/as. Seguramente ella también tenga restricciones, pero por si acaso.

Escribir es un rollo. ¿Cómo puedo sacarle más provecho?


Prepara un power point sobre la escuela (si tienes asignatura de tecnología, este proyecto es perfecto), o ponlos a trabajar por grupos sobre un tema que les interese y que quieran compartir con la nueva escuela. Graba un vídeo con una breve presentación de cada uno de tus alumnos/as (Youtube tiene una excelente herramienta de edición de vídeo por si, como yo, eres un poco desastre con los programas que hay por ahí). Manda tarjetas de Navidad por correo ordinario, con un pequeño regalo o souvenir típico de tu ciudad. Haz un vídeo en el que les enseñes el colegio, con alumnos y alumnas de otras edades, profes y todo. Crea un periódico con las noticias locales de tu ciudad para que lo lean al otro lado del charco. Las posibilidades son infinitas. 

¿Pero yo con quién hablo?


Tengo la suerte de tener amigos y amigas extranjeras que también son docentes y con los que me pongo de acuerdo a la hora de llevar a cabo la actividad. Su lengua materna es el inglés y eso anima a mis alumnas y alumnos a usar el idioma lo mejor que pueden, porque quieren que les entiendan. Pero no hace falta tener contactos, porque hoy en día hay páginas como ePals que te permiten registrarte como profesora y buscar una clase que te interese. Yo te recomiendo que sea una clase extranjera con un nivel de inglés parecido al de la tuya; si son nativos, probablemente les interese practicar el segundo idioma que están aprendiendo y, además, su nivel será demasiado alto, pero si también están aprendiendo inglés como segunda lengua tendrán un nivel parecido y mucho interés por aprender (en mi caso hay muchos motivos por los que funciona con nativos, como su nivel académico o que el inglés es su segunda lengua por más que sea la oficial del país). Mi experiencia es que es mucho más motivador escribirse con alguien extranjero que con el vecino de al lado, pero si te sale la oportunidad de comunicarte con una escuela cercana y luego podéis hacer que se conozcan, tampoco es mal plan (de hecho, es lo que voy a intentar yo este año, a ver qué sale). La gente que ha utilizado páginas como ePals habla maravillas de ella; te recomiendo probarlo, no pierdes nada. 


Como digo, yo llevo poniéndome en contacto con otra escuela tres años, y he visto resultados muy positivos. La niña que nunca habla en clase se abre y se esfuerza en contarle su vida a su nueva amiga, o el niño que no tiene ningún interés en el idioma se molesta en buscar la forma correcta de decir algo porque quiere que le entiendan. Merece, y mucho, el tiempo que vas a emplear grabando vídeos, editándolos y subiéndolos a la red (ay, las conexiones velocidad tortuga del colegio...). Piensa en cómo hubiéramos flipado de pequeñas y pequeños si un día nuestro profe de inglés nos hubiera dicho "este año nos vamos a cartear con una clase de Grecia". Así flipan hoy en día también, aunque sea otra generación. 

lunes, 21 de septiembre de 2015

Classroom Activities: Questionnaire


Today I come with an activity that you can use in the classroom. It should be used at the beginning of the school year, but it works fine anytime with a class you don't know well. The idea is that the children create their own questionnaire, writing the questions themselves, and then move around the class to ask them to at least one child. Pretty simple, nothing new under the sun, but effective and highly motivating.

I did this in sixth grade at the beginning of the school year, but you can do it in any grade you see fit, as long as they have the needed language to create the questions. I already know the class and they know each other well, but we had a new student this year and I thought it would be a good way of giving him a chance to know his peers. We did this activity in groups to account for different levels, so everybody had help while doing this (apart from mine, that is). The steps were more or less as follows:

  • I explained the task (always in English) giving them oral examples of what a question is. I asked questions to some students who were capable of answering, and then tried it again with the ones that have more trouble. This took about 5 minutes. 
  • As a whole groups, we wrote four questions on the blackboard. All of them were questions they had already heard a million times, but it was a good way for them to review. This took also around 5 minutes, maybe a bit more. 
  • I told them to write another six questions in groups. They were supposed to be as original as possible, trying to get new information from their classmates. I walked around the class to help while they worked in groups of 3-4. This can take up to 20 minutes. 
  • Once they had finished, they were told to stand up and choose a person with whom to practice. They had to ask all ten questions to the same person and write down the answer. The goal here was communication, so one-word answers were OK. We did this until the end of the class. Some students got to ask two partners. 
It worked very well, and even the students who rarely speak in class got some speaking practice. It was a good way to review questions, and a good way to get the blood pumping after a long summer. Some of them were pretty creative with their questions, too, and they learned a few grammar points that we hadn't worked on before. All in all, great experience. I encourage you to try it. 

jueves, 10 de septiembre de 2015

Septiembre: el retorno.




Se acabaron los cinco días de paz y tranquilidad que el Ministerio de Educación (o las buenas costumbres, no me queda claro) nos regalaron para organizar los ciento ochenta días de curso lectivo que nos vienen por delante. Esta semana han llegado los monstruos y las "monstruas", y ahí nos hemos puesto nosotras y nosotros, la bata bien atada, el botón que se cayó el año pasado aún sin coser, las fotocopias hechas y la mesa aún ordenada, aunque ya apunta maneras y empiezan a definirse montoncitos que se convertirán en montañas antes de octubre. Si eres nuevo o nueva, igual soñabas con hacer una entrada triunfal en tu primera clase, dejar a tus alumnos y alumnas de piedra con una lección de esas en las que todos se levantan y te dan una ovación y empiezan a gritar eso de "oh, capitán, mi capitán" subidos a la mesa mientras tú lanzas el libro de texto por la ventana, pero ya estamos a diez de septiembre y probablemente te habrás dado cuenta de que de eso nada. Horario de mañana, reuniones a todas horas, niños y niñas que no aparecen en la lista, plazas de profesorado aún sin cubrir... Lo de la clase con ovación incluida déjalo para enero, que igual los Reyes Magos te traen una varita mágica y hay suerte.

Lo que no significa que no hayas tenido una semana (o tres días) más que completita, aunque tus horas delante de la pizarra hayan sido mínimas. Si tu experiencia ha sido parecida a la mía, probablemente te haya tocado ya tu primera sustitución con un grupo que no conoces, limpiar algún moco, calmar alguna lágrima y el primer encontronazo con un padre o madre que quiere que su hijo se quede al comedor según a él/ella le convenga, como quien pide mesa en un restaurante (por poner un ejemplo de antojos, vaya). Puede que, como yo, ya hayas desatascado la fotocopiadora un par de veces, hayas aprendido cómo imprimir desde el ordenador con el programa nuevo, te hayas intentado apuntar a un curso sin éxito porque la aplicación informática está saturada y te hayan cambiado el horario de clase tres veces (y todas las habías pasado a limpio, con colores distintos para cada clase, cada hora... monísimo). Quizás te haya tocado también barrer una clase llena de bichos o pasar el rodillo con pintura fresca por unas paredes demasiado manoseadas, o mover muebles a pulso de un lado a otro del pasillo (y es que el bedel, pobre, no llega a todo) mientras los niños revolotean a tu alrededor y tratan de contarte algo sobre sus vacaciones.

Tranquila. Tranquilo. Es normal. Se llama "comienzo de curso", de apellido "jornada continua", y vuelve loco y loca a las mayores profesionales. Tú piensa en las tardes de verano que aún te quedan en las que no tienes que llevarte a casa nada para corregir, y disfruta, porque se acabará pronto. El otoño llegará antes de lo que esperas; refrescará, lloverá, pero a ti no te importará, porque no podrás salir de casa hasta terminar de corregir las veinte redacciones que te has traído de deberes.

El curso ha empezado. Tu vida como la has conocido en julio y agosto ha llegado a su final. Bienvenida a la normalidad. Bienvenido a septiembre.

lunes, 31 de agosto de 2015

Empieza el cole. ¡Iuju!




Oh, septiembre, por qué eres tú septiembre. Mes de cambios, mes de comienzos, mes en el que todo el mundo vuelve a apuntarse al gimnasio, vuelve a prometer dejar de fumar, vuelve a decir lo de “este año empiezo la dieta antes, que luego me pilla el toro”; vuelve, en resumen, a prometer todo lo que prometió el uno de enero y dejó de hacer el día cinco. Mes también en el que vuelve el cole, y los y las profesoras volvemos a oír aquello de “qué, después de tres meses de vacaciones la vuelta se hace dura, ¿eh?”. Aparte de ese mes extra que nos dan todos los veranos, sí, la vuelta se hace dura. Si la gente tiene depresión post-vacacional después de quince días en la playa, imagínese usted después de dos meses. 
Pero volvemos con ganas, igual que los niños y niñas, que están hasta el gorro de ir a la piscina con los abuelos y se mueren por reconectar con sus amigos y amigas. El siete o el ocho de septiembre los tendremos otra vez en el aula, lo que nos da toda una semana para preparar lo que haremos en clase cuando lleguen. ¿Qué haremos en esos días? De todo. De hecho, tendremos la cabeza tan llena de ideas que esa semana se nos hará corta, pero si te organizas y priorizas igual consigues que te sobren unos días para organizar alguna de esas actividades que dijiste que llevarías a cabo en junio (si eres nueva/o, todo eso que se te ha ocurrido desde que has sabido que ibas a empezar de cero en un cole nuevo). 
He aquí una lista para los y las novatas que nunca hayan empezado un curso en un cole nuevo. No las escribo en orden de importancia, pero son pequeños detalles que yo encuentro muy útiles a la hora de empezar un nuevo curso. Lo primero: no te agobies. Hay muchas cosas que querrás hacer (como, por ejemplo, planear la primera semana de clase, o el primer mes) que te serán muy difíciles si aún no conoces a tus alumnos/as. Date tiempo. Piensa que tienes todo un curso para hacerlo bien (y meter la pata, y corregirlo, y volver a meter la pata). 
  • Consigue una lista con los nombres de tus alumnos/as. Si eres tutor/a, asegúrate de que la lista viene con los números de teléfono de los tutores legales. Cuando empiece el curso, si tus alumnos/as son mayorcitos/as, no estaría de más que repasaras los teléfonos con la clase para asegurarte de que están al día por si hay alguna emergencia. Un consejo: no escribas los nombres en ningún sitio de donde no puedas borrarlos con facilidad. El principio del curso escolar trae un montón de cambios, y muchos de los nombres de la lista no aparecerán el primer día de clase, o se añadirán nuevos nombres. Espera una semana a hacer esos maravillosos carteles con los nombres o a apuntarlos en tu cuaderno de notas. 
  • Recoge la clase y tira todo lo que no necesites. No guardes las pinturas rotas por si puedes usarlas para algo. Líbrate de las fotocopias que la profesora del año pasado no usó pero dejó “por si acaso”. Libera espacios y lleva los materiales que no vayas a usar al almacén o algún lugar fuera de tu clase. Si fueras un gato, estarías marcando tu territorio. Es tu clase, empieza de cero, crea tu espacio. 
  • Prepara la clase según tu estilo. Asegúrate de tener sillas y mesas suficientes para todos los niños y niñas de tu clase (y algún extra no vendría mal, pero eso ya es más difícil). Coloca las mesas según tu estilo de dar clase (en U, en grupos, individuales, en parejas…), pero asegúrate de que puedes cambiarlo fácilmente por si tienes que corregir algo a mitad de curso. Estudia tu clase. ¿Dónde puedes poner la biblioteca, si es que quieres una? ¿Y el rincón de juegos para los niños más pequeños? ¿Un rincón de experimentación? Está en tu mano. Hazlo ahora, durante el curso será más difícil. 
  • Consigue material. Piensa en el instrumental básico que necesitas: pinturas, lápices extras, cartulinas, tizas… Durante el curso tendrás otras muchas necesidades, pero está bien tener un mínimo en clase. ¿Qué asignaturas vas a dar? ¿Necesitas diccionarios, cartulinas para hacer carteles, folios? Vete colocando el material por la clase y poniendo carteles para que los alumnos y alumnas lo encuentren con facilidad. 
  • Haz varias copias de tu horario. Pega una en un cuaderno, otra en la mesa donde siempre puedas verlo, en la pared donde puedan verlo los niños/as. Para noviembre te lo habrás aprendido, pero es muy útil si te tienen que sustituir. Deja también una lista de clase donde cualquiera pueda encontrarla (sin más datos personales que los nombres y apellidos). 
  • Aprende las normas básicas del colegio. Apunta cuándo te toca cuidar el patio, cuáles son las rutinas para entrar y salir del colegio (a veces se vigilan las escaleras), el horario de reuniones cuando empiecen las clases, tus obligaciones con respecto a seminarios, grupos de trabajo y demás. Créeme, dar clase no es lo único que se espera de ti. Y por favor, sé puntual. 
  • Familiarízate con el currículum. Echa un vistazo a los libros que tienes que utilizar. Lee los objetivos del curso. No te asustes por lo que parece una tarea imposible, los niños y niñas aprenden a veces a pesar del profesor/a. Lo lograrán y lo lograrás. 
  • Planifica la primera semana de clase, dejando margen para el cambio. Si eres tutora, tendrás que conocer primero a tus alumnos y alumnas. Piensa en juegos, en actividades que no sean cien por cien académicas. No significa que se vayan a pasar la primera semana jugando, pero es bueno que contemples estos primeros días como una adaptación para ti. Es el momento de saber cuánto saben. No des por supuesto que, si están en tercero, tienen que saber todo lo que dieron en segundo. Si eres especialista, prepárate para una lluvia de nombres y caras que no se diferenciarán unas de otras hasta Navidad. Haz algún juego que te permita saber el nivel de cada curso (estoy pensando en inglés, pero en música y gimnasia vale lo mismo). Repasa el horario con ellos/as. Explica qué esperas de ellos/as, cuál es tu estilo, qué vais a hacer durante el curso. Sé firme pero no inflexible. Preocúpate por conocerlos/as. 

Si consigues hacer todo esto en la primera semana de trabajo, en esos benditos días en los que puedes trabajar sin niños/as, estarás más que preparado/a para enfrentarte a lo que te echen. No te agobies, te va a dar tiempo; piensa que vas a pasar seis horas en el colegio, son suficientes para hacer de todo. Acomódate, haz tuya tu clase, conoce a tus compañeros y compañeras y disfruta de tu nuevo destino. Piensa que vas a pasar todo un año allí y terminará siendo como tu segunda casa. Disfruta. Relájate. Prepárate.
Empieza el curso. ¡A por ellos!


lunes, 4 de mayo de 2015

CLIL (Content and Language Integrated Learning), o cómo reinventar lo que ya se sabía





Las modas van y vienen en todos los aspectos de la vida. Lo vemos en la ropa, cuando vuelven a llevarse los pantalones acampanados un año y se descartan por los pitillos al siguiente, o en la música, cuando de repente oímos remixes de canciones que creíamos olvidadas. En educación también pasa, y de qué manera. Se ponen de moda distintas maneras de dar clase, distintos métodos de aprendizaje; de repente debemos dejar de guiar a los alumnos y alumnas y dejar que descubran el mundo por sí mismos/as, para el día siguiente retomar la tiza y la pizarra sin olvidarnos de las nuevas tecnologías, que resultan no ser tan positivas pasados unos meses. En la enseñanza de inglés como lengua extranjera se ha puesto muy de moda el CLIL, que viene a ser enseñar una asignatura en un idioma que no sea el materno. Esto que tan moderno parece es más viejo que yo, que aprendí euskera inmersa en la lengua y recibiendo todas las asignaturas en un idioma que no era el mío, pero ahora le han puesto un nombre molón con siglas en mayúsculas, lo han dirigido a la enseñanza del inglés y han creado toda una industria alrededor de la novedosa noción de que un idioma se aprende mejor si se utiliza en un contexto comunicativo. Han descubierto el círculo, vaya. 
Una gran cantidad de colegios en Vitoria alardean de enseñar a sus alumnos y alumnas ciencias en inglés (no confundir con el modelo trilingüe, que es otra cosa y va más allá, aunque se basa en el mismo concepto de dar asignaturas en inglés). No es de extrañar, ya que el Gobierno Vasco creó un programa (a mi gusto muy bien planteado) mucho antes de que el CLIL se convirtiera en moda. Se dejaron de lado los libros y empezaron a darse los contenidos lingüísticos al tiempo que se aprendía algo con ellos, como ocurre con el primer idioma, y los resultados no fueron nada malos. Había un problema, sin embargo: el proyecto necesitaba que el profesorado estuviera formado y requería muchas horas de preparación, algo que no todos estaban dispuestos a hacer. Y entonces llegaron las editoriales, edulcoraron el concepto y crearon libros con fichas que la profesora podía utilizar sin ninguna preparación nada más llegar a clase. Todo el mundo hace ahora CLIL, con mayor o menor acierto, porque está en el libro de texto. Pero dar una ficha en cada tema sobre reciclaje, o el ciclo del agua, o países del mundo no significa dar una asignatura en inglés. CLIL va mucho más allá de rellenar los huecos y unir con flechas. 
Este año me toca dar plástica en inglés. En realidad no es plástica, sino arte, ya que observamos obras de otros, analizamos los procesos y luego intentamos imitarlos (aunque a veces llego con una ficha de “recorta y colorea” porque no me ha dado tiempo a más, seamos sinceros). Reconozco que al principio era un poco escéptica y me daba la sensación de que estaba “perdiendo el tiempo” con algo que no era inglés, pero ahora veo los resultados y me sorprendo de lo mucho que ha mejorado la comprensión de mis alumnos. Toda la clase es en inglés, y ellos y ellas también necesitan comunicar los mensajes más simples en inglés. De no hablar ni una sola palabra hemos pasado a la intención de decirlo todo en inglés, aunque sea por signos. Se ayudan mutuamente, aprenden frases hechas que yo repito sin cesar sin darme cuenta, comprenden mensajes bastante complejos. Todo porque han unido el dicho y el hecho, y han aprendido el lenguaje haciendo. No saben analizar una frase y decirme cuál es el sujeto de “Can I borrow your scissors, please?”, pero saben usarlo y responder correctamente. Creo que es fundamental unir la lengua con el conocimiento, y algo tan sencillo como la asignatura de plástica puede ser un vehículo muy adecuado para que los más tímidos y tímidas se suelten y empiecen a pedir permiso para utilizar los pinceles. 
CLIL no es repartir fichas, no es rellenar huecos, no es subrayar el verbo. CLIL es hacer que les pique la curiosidad, que quieran aprender sobre el tema que estáis viendo y que lo hagan en inglés, con el esfuerzo extra que eso supone. Está muy de moda, sí, pero me gustaría saber cuántos y cuántas de nosotras lo estamos haciendo bien (me incluyo, vaya si me incluyo). Bien hecho es un gran recurso, pero si lo enfocamos solo a los objetivos lingüísticos es el mismo perro con distinto collar. No hace falta inventar nada nuevo, sino usar el sentido común. En próximos posts, si el tiempo lo permite, hablaré más de esta nueva tendencia de las clases de inglés, pero de momento os pregunto: ¿dais alguna asignatura en inglés? ¿Qué tal os va?

lunes, 16 de marzo de 2015

De cuando asaltan las dudas, o cómo no ser experta en nada.


Me da un poco de vértigo, pero si cuento los años que llevo como profesora llego casi a una cifra redonda, dieciocho añitos ni más ni menos. Fui de las afortunadas que empezó a trabajar nada más terminar la carrera, y entre que tuve un poco de suerte y me busqué las habichuelas hasta en el extranjero no he dejado de ser maestra ni un solo año de mi vida. Yo sería inútil en una isla desierta, porque lo único que sé hacer es enseñar. Ni hacer bikinis con lianas, ni balsas con troncos. Habría muerto en el primer episodio de "Perdidos".

Y aún así, todavía tengo la sensación de que no sé nada. Hoy mismo, dando clase a los de tercero, me he visto en el brete de tener que enganchar a un alumno que se aburría en clase y no he sido capaz. Sé que cuando un alumno se aburre la culpa es mía, porque los niños y las niñas tienen una curiosidad innata que les obliga a aprender de cada experiencia. Lo mismo con los que saben mucho (este año tengo alumnos nativos), ¿cómo hago para que no den la hora por perdida? Y al resto de la clase, ¿les estoy dando el input necesario? ¿Soy clara, me entienden, les interesa lo que digo? ¿Cómo hacer para que ellos y ellas hablen? ¿Qué hago con esa clase donde más de la mitad del alumnado no llega a los mínimos requeridos en el curso? ¿Y cómo engancho a esos niños y niñas de infantil a los que el inglés se la trae al pairo?

Preguntas, preguntas, preguntas. A algunas me contesto con rapidez. Los y las alumnas nativas que tengo este año necesitan material extra, algún proyecto, algo que puedan hacer con un grupo de altas capacidades para enganchar a esos tres o cuatro alumnos y alumnas que están a punto de volar pero necesitan ayuda extra. Al chaval que no puede centrar la atención en clase debo ponerlo a trabajar en grupo, darle alguna tarea sobre los temas que le interesan. Son respuestas fáciles. Y entonces viene lo de siempre: ¿de dónde saco esos recursos? ¿De dónde saco tiempo para prepararlo? ¿Cómo puedo individualizar mis prácticas cuando tengo ocho clases distintas y más de cien alumnos y alumnas que necesitan mi atención? Tiempo, bendito tiempo. Y dinero. Y recursos. Y una clase física de inglés que mute con cada una de mis necesidades.

De momento he empezado por apuntar todas las preguntas que se me ocurren en un cuaderno, junto con sus respuestas (si se me ocurren, y si no, buen tema para un post y que me echéis un cable). Veré si puedo ir dando salida a cada uno de los problemas, o al menos a un puñado. Quizás el cuaderno me ayude a atacar cada cuestión de una en una, en vez de agobiarme con todo lo que hago mal o a lo que no consigo llegar. Quizás lo deje en la segunda página, harta ya de tantas dudas. Hoy, para empezar, ya tengo las dos horas de exclusiva ocupadas con lo que he escrito en el cuadernillo de marras.

Veremos.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Sir Ken Robinson

Cualquier docente que se precie, y más si es de inglés, conoce a este experto en educación que da charlas para distintas instituciones, pero como hace tiempo que no escribo nada y la siguiente entrada va a tardar en llegar, aquí os dejo algunos de sus vídeos para que matéis un poco el tiempo. Merecen la pena los diez minutos largos (o veinte, más bien) de cada uno.


domingo, 1 de febrero de 2015

Por qué no me gustan los libros de texto

No me gustan los libros de texto. Soy de esas profesoras que se siente atada de pies y manos cuando se enfrenta a un curso en el que manda la editorial de turno, y no mi instinto. No es algo nuevo, pero es un gusto (o disgusto, que dirían los que traducen literalmente del inglés) que he ido adquiriendo con el paso de los años y la experiencia. Debo dejar claro que no tiene nada que ver con la calidad de los libros y sí con mi metodología personal; las editoriales han hecho una labor excelente y los libros de ahora poco tienen que ver con aquellos libros de mi infancia donde solo había ejercicios y gramática a palo seco . Para que veáis que mis preferencias son razonadas, he aquí una lista de ventajas que ofrecen los libros de texto sobre, por ejemplo, el trabajo por proyectos. 

Está todo hecho: Con un libro de texto puedes llegar a clase a primera hora de la mañana y decir “¿qué vamos a hacer hoy?” cinco minutos antes de que entren tus alumnos y alumnas en clase. Página cuarenta y tres, ejercicio cinco, y luego un “listening”. Listo. 
El curriculum está estructurado: No te hace falta pensar en qué tienes que dar en cada curso, porque el libro lo hace por ti. El vocabulario, la gramática, el tipo de escritos que tienes que ir metiendo en cada curso… Todo. Claro que lo que ven en primero no lo vuelven a ver en toda la etapa y se da por sabido, pero esa es otra historia.
Da seguridad: Bien unido a lo anterior, muchas profesoras y profesores basan (basamos) el desarrollo del curso en cómo van en el libro. “Estoy por el tema tres y todavía no ha terminado el trimestre, voy bien”, sin pensar en qué has dado en esos tres temas o cómo lo has dado. Pero es verdad que si consigues terminar el libro ese año, en teoría el alumnado tendrá el nivel que se requiere para el curso. Siempre y cuando el alumnado haya adquirido los conocimientos, claro.
Trabaja las cuatro destrezas: Los libros de texto suelen estar bastante equilibrados en cuanto a las cuatro destrezas (lectura, escritura, comprensión oral y producción oral). Si lo preparas por tu cuenta, corres el riesgo de cojear de alguna de ellas. 
Para el profesorado nuevo, es un salvavidas: Cuando no tienes experiencia en clase o no conoces a tu alumnado, el libro es una tabla de salvación. Te dice todo lo que tienes que saber y enseñar, no te hace falta reinventar la rueda cada vez que entras en clase. Si eres un profesor o profesora novel, te recomiendo usar libro de texto en clase en tus primeros años, hasta que tengas seguridad suficiente y conozcas a tu alumnado

Pero cuando llevas unos años dando clase y, sobre todo, cuando tienes estabilidad en un centro y sabes que vas a ser tú quien saque el proyecto adelante, las supuestas ventajas se convierten en pegas. Me explico:

Está todo hecho: Lo que significa que no puedes meter nada nuevo. Los libros de texto suelen estar programados para las horas de inglés que tengas en cada ciclo, con lo que no te queda tiempo material para añadir nada. Puedes, por supuesto, saltarte una lección y hacerla como a ti te dé la gana, o arriesgarte a no terminar el libro y dejar los dos últimos temas sin dar. Pero las familias han comprado un libro que tú has recomendado, bajo la promesa de que lo ibas a usar en clase. ¿Con qué cara les dices que no has dado un tercio del libro porque no te gusta como está expuesto? Ahora, con el programa de libro solidario (al menos en Euskadi), ese problema se reduce porque las familias no tienen que comprar el libro, que ya es algo.
Por otro lado, cuando el libro te lo da todo hecho es difícil no perder la perspectiva y terminar diciendo “estamos en el tema cuatro” en lugar de “estamos dando el tema de las compras en el supermercado”, con lo que pierdes la noción de lo que de verdad es el inglés: una herramienta de comunicación. 
El curriculum está estructurado… según el criterio de la editorial: ¿En qué lugar del curriculum pone que haya que enseñar la familia en primero? Si vives en un mundo urbano, ¿cómo de cercanos son los animales de granja para tu alumnado? ¿No sería mejor, por ejemplo, hablar de la ciudad y de los supermercados? Tú conoces a tus niños y niñas mejor que nadie, tú eres quien debe decidir qué contenidos dar en cada curso. La experiencia te dirá qué les interesa y cómo puedes motivar mejor a tus alumnos y alumnas. 
Aburre: No hay libro de texto que motive tanto como un proyecto bien enfocado. ¿Ejercicios sobre cómo hacer el pasado en inglés o leer y producir información sobre el antiguo Egipto, el imperio romano, la Edad Media? No hay color. Guarda los ejercicios para uno de esos días raros en los que ni ellos ni tú tenéis ganas de trabajar a tope. 
Trabaja las cuatro destrezas… pero se deja mucha oralidad: Los libros de texto están hechos para que hable la profesora o el profesor. Rara vez trabajan en grupo, rara vez tienen la oportunidad de contar sus experiencias. Aprovecha los “listening” del libro de texto (que suelen ser estupendos), pero hazles hablar a ellos y ellas. Que imiten el modelo. Te sorprenderán. 
No tiene lenguaje real: Todo lo que aparece en el libro de texto está hecho para alumnado extranjero aprendiendo el idioma. No es real, y en el mundo en el que hoy vivimos, donde nuestros alumnos y alumnas viajan mucho más de lo que viajábamos nosotras a su edad, necesitan ejemplos reales que se vayan a encontrar ahí fuera. La mayoría de la gente no habla como en los listenings, y los textos de ahí fuera se ven el equivalente a nuestro “apagao” o “terminao”, a lo que no están acostumbrados en el libro.

Pero mi motivo principal para huir del libro de texto es que me aburro soberanamente cuando llevo más de un año dando lo mismo. En teoría, los libros se cambian cada cuatro años, lo que me parece fantástico para las economías de las familias por lo de aprovechar los libros del mayor para el pequeño, pero es una verdadera tortura para el profesorado. Y si yo me aburro, mis alumnos y alumnas se aburren. Todo va unido. 

¿Cómo lo ves tú? ¿Estás de acuerdo con mi desprecio a los libros de texto o eres de las que consigue hacer amena una clase con cuatro ejercicios de rellenar los huecos? Este año me temo que me ha tocado libro de texto en todos los cursos y estoy abierta a todas las grandes ideas que tengáis. ¡Compartid, por favor!